En el verano de 1871, el pintor Thomas Moran viajó por primera vez hasta el territorio de Yellowstone como parte de la expedición geológica dirigida por Ferdinand Hayden. Al regresar a su estudio de Nueva York, Moran emprendió la elaboración de una pintura que debía capturar no solo el aspecto visual del Gran Géiser Prismatic, sino su experiencia: la abrumadora sensación de estar ante algo cuya escala supera completamente la comprensión humana. El resultado, The Grand Canyon of the Yellowstone (1872), es un cuadro de más de dos metros de alto por tres de ancho que todavía hoy produce en el espectador una sensación inequívoca de vértigo.

La escala y la perspectiva son, en el arte del paisaje americano, instrumentos primarios de significado. No son simplemente herramientas técnicas para representar el espacio con fidelidad: son vehículos de experiencia emocional y filosófica. A través de la manipulación deliberada de la escala relativa entre la figura humana y el entorno natural, los pintores y fotógrafos americanos han construido durante dos siglos una manera de percibir el territorio salvaje que tiene implicaciones profundas no solo estéticas, sino también éticas y políticas.

La figura humana como medida del mundo

Desde la Antigüedad, la figura humana ha funcionado en el arte occidental como medida universal del espacio. El hombre vitruviano de Leonardo da Vinci es la formulación más explícita de esta idea: el cuerpo humano como módulo a partir del cual se construye la comprensión de las proporciones del mundo. En la pintura de paisaje europea del siglo XVIII y principios del XIX, las figuras humanas que pueblan los cuadros —pastores, viajeros, excursionistas— tienen una función esencialmente medidora: nos dicen cuán grandes son los árboles, cuán empinadas las montañas, cuán ancho el río.

Los pintores americanos heredaron esta tradición, pero la transformaron radicalmente. En la Escuela del Río Hudson, la figura humana no mide el paisaje: el paisaje aplasta a la figura humana. Y esa aplastamiento tiene un significado preciso.

La pequeñez de la figura y la grandeza de la naturaleza

Tomemos como ejemplo emblemático Kindred Spirits (1849), de Asher Durand, uno de los cuadros más reconocibles del paisajismo americano del siglo XIX. En primer plano, sobre una roca que sobresale de un desfiladero boscoso, están representadas dos figuras diminutas: el pintor Thomas Cole y el poeta William Cullen Bryant. A su alrededor, el bosque de los Catskills se extiende en todas direcciones con una exuberancia que hace que las figuras humanas parezcan insignificantes.

La desproporción es deliberada y significativa. Durand no ha colocado a Cole y Bryant en primer plano para que dominen el cuadro: los ha colocado allí para que el espectador pueda medir, a través de ellos, la grandeza de lo que les rodea. Las figuras son pequeñas no porque el artista las haya olvidado o no sepa pintarlas, sino porque su pequeñez es el argumento central del cuadro: la naturaleza americana es más grande que cualquier ser humano.

«Cuando me encuentro ante una montaña americana, entiendo que soy pasajero. Que este paisaje existía antes de que yo llegara y existirá después de que yo me vaya. Eso no me deprime: me libera. Me recuerda cuál es mi lugar en el orden de las cosas.»

— Frederic Edwin Church, carta a su colega Martin Johnson Heade, 1863

Perspectiva atmosférica y construcción de la profundidad

Junto a la escala de las figuras, la perspectiva atmosférica es el instrumento más potente con que los paisajistas americanos construyen la sensación de inmensidad. La perspectiva atmosférica —conocida desde Leonardo da Vinci, que la describió como «perspectiva del color»— es el fenómeno óptico por el que los objetos distantes aparecen más claros, más azules y menos definidos que los cercanos, a causa de las partículas de aire y humedad que se interponen entre el ojo y el objeto.

En el paisajismo de la Escuela del Río Hudson, la perspectiva atmosférica no se usa para crear realismo: se usa para crear infinitud. Las montañas del fondo de un cuadro de Church o Bierstadt se disuelven en una bruma azulada que sugiere que el paisaje continúa más allá de los límites del cuadro, más allá de lo que la vista puede alcanzar, hacia un horizonte que se aleja indefinidamente. El territorio americano, sugieren estas imágenes, no tiene fin.

El horizonte como promesa y como límite

El uso del horizonte en el paisajismo americano merece un análisis específico. En la tradición pictórica europea, el horizonte es generalmente una línea de cierre: delimita la escena, proporciona un punto de referencia estable. En la pintura americana del siglo XIX, el horizonte funciona de manera diferente: no es un cierre sino una apertura, no una frontera sino una invitación.

En obras como Cottonwood Lake Study de Thomas Cole o las grandes panorámicas de Bierstadt, el horizonte está frecuentemente elevado o disimulado por capas de atmósfera y luz, de tal modo que la mirada del espectador no encuentra reposo en él sino que es empujada más allá, hacia un espacio sugerido pero no mostrado. Esta técnica crea una sensación de expansión ilimitada que es, en sí misma, una metáfora política: el territorio americano como tierra sin fronteras definitivas, siempre disponible para la exploración y la apropiación.

La fotografía y el problema de la escala

Cuando la fotografía comenzó a representar el paisaje americano en la segunda mitad del siglo XIX, heredó los problemas compositivos del paisajismo pictórico pero también sus soluciones. Los primeros fotógrafos de territorio —Carleton Watkins, William Henry Jackson, Timothy O'Sullivan— entendieron rápidamente que la fotografía tenía una relación con la escala fundamentalmente diferente de la pintura.

En la pintura, el artista puede manipular libremente el tamaño relativo de los elementos de la composición. En la fotografía, la escala de los objetos en la imagen está determinada por su distancia real a la cámara y por la focal del objetivo utilizado. Esto significa que para conseguir el efecto de pequeñez humana frente a la grandeza natural que los pintores obtenían manipulando el tamaño de sus figuras, el fotógrafo debe trabajar con el espacio real: elegir distancias, ángulos y objetivos que produzcan naturalmente ese efecto.

El gran angular como instrumento de lo sublime

La invención y popularización del objetivo gran angular en la segunda mitad del siglo XIX transformó las posibilidades expresivas de la fotografía de paisaje. El gran angular exagera la perspectiva: hace que los elementos del primer plano parezcan desproporcionadamente grandes en relación con los del fondo, y crea una sensación de profundidad y extensión del espacio que los objetivos de focal normal no pueden producir.

Ansel Adams comprendió este potencial y lo explotó sistemáticamente. Sus fotografías del Valle de Yosemite, realizadas con objetivos gran angular desde puntos de vista cuidadosamente elegidos, producen una sensación de profundidad e inmensidad que supera lo que la vista humana puede percibir directamente en el lugar. Son imágenes en las que la tecnología óptica se pone al servicio de una exageración expresiva: no del realismo fotográfico, sino de la experiencia emocional del espacio.

Escala, perspectiva y conciencia conservacionista

La relación entre el tratamiento de la escala en el paisajismo americano y la conciencia conservacionista no es accidental ni superficial. Las imágenes que representan al ser humano como algo pequeño frente a la naturaleza producen, en el espectador, un efecto específico: la sensación de que el mundo natural no existe para servir al ser humano, sino que el ser humano existe dentro de un mundo natural que le es anterior, mayor y más permanente que él.

Esta perspectiva es la antítesis del antropocentrismo que ha dominado la relación de las civilizaciones occidentales con la naturaleza durante siglos. Y es, también, el fundamento filosófico más profundo del movimiento conservacionista americano: la idea de que hay lugares en la tierra que deben ser preservados no porque sean útiles para los seres humanos, sino porque tienen un valor intrínseco que no depende de nosotros.

Cuando miramos las grandes telas de Bierstadt o las fotografías de Adams y nos sentimos pequeños, no estamos simplemente experimentando un efecto visual: estamos siendo educados en una manera de relacionarnos con el mundo natural que reconoce nuestra propia limitación y, a partir de ella, nuestra responsabilidad. El arte del paisaje americano, en sus mejores ejemplos, es un argumento visual a favor de la humildad ecológica.

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